Cuando el señor, también conocido como dios, se percató de que
a Adán y Eva, perfectos a simple vista, no les salía una palabra de la boca ni
emitían, al menos, algún sonido primitivo, tuvo que molestarse consigo mismo,
ya que no había en el edén alguien más a quien responsabilizar por la gravísima
falta, ya que los otros animales, productos, todos ellos, al igual que los dos
humanos, de la mano divina, unos por medio de mugidos e rugidos, otros por
ronquidos, chillidos, silbidos e cacareos, disfrutaban de voz propia. En un arranque de ira, sorprendido con que
todo podía haberse solucionado rápidamente con otro mandato, corrió hacia la
pareja y, uno después del otro, sin contemplaciones, sin medias medidas, los
hizo tragarse la lengua. De los escritos en que, a lo largo del tiempo, fueron
consignados a los acontecimientos de estas épocas remotas, cualquiera de
posible certificación canónica futura o fruto de las imaginaciones apócrifas e
irremediablemente heréticas, no se aclara la duda sobre que lengua fue aquella,
si el musculo flexible y húmedo que se mueve y remueve en la cavidad bucal y a
veces fuera de ella, o el habla, también llamada idioma, del cual el Señor
lamentablemente se había olvidado y que ignoramos cual fuese, ya que de él no
quedó vestigio, ni por lo menos un corazón gravado en la corteza de un árbol
con leyendas sentimentales, cualquier cosa del género como un te amo, eva. Como una cosa, en principio, no debía estar sin
la otra, es probable que algún otro objeto del ataque violento llevado a cabo
por el Señor a las lenguas mudas de sus retoños fuese a ponerlas en contacto
con el interior de su ser corporal, las llamadas incomodidades del ser, para
que, en el porvenir, con algún conocimiento de causa, lograsen hablar de su
oscura y laberíntica confusión cuya ventana, la boca, comenzaba a amenazarlas.
Cualquier cosa puede ser.
Evidentemente, por un escrúpulo de buen disimulo que solo le
quedaba bien, además de compensar con una debida humildad su negligencia
anterior, el Señor quiso comprobar que su error había sido corregido, y así,
preguntó a adán, Tú, cómo te llamas, y el hombre respondió, Soy adán, tu
primogénito, Señor. Después, el creador se viró hacia la mujer, Y tú, cómo te
llamas tu, Soy eva, Señor, la primera dama, respondió ella innecesariamente,
una vez que ya no había más. Se dio el Señor por satisfechos, se despidió con
un Hasta pronto paternal, y volvió a su vida. Entonces, por primera vez, Adán
le dijo a Eva, Vamos para la cama. Set,
el tercer hijo de la familia, solo llegó al mundo ciento treinta años después,
no porque el embarazo necesitase de tanto tiempo para terminar la fabricación
de un nuevo descendiente, sino porque las gónadas del padre y de la madre, los
testículos y el útero respectivamente, habían tardado más de un siglo para
madurar y desarrollar la potencia generativa suficiente. Hay que decir
apresuradamente que el mandato solo se hizo una vez, que un hombre y una mujer
no son máquinas de rellenar chorizos, las hormonas son cosas bastante
complicadas, no se producen de la noche a la mañana, no se encuentran en
farmacias ni en supermercados, hay que darle tiempo al tiempo. Antes del nacimiento de Set, con escasa
diferencia de tiempo entre ellos, primero Caín y después Abel. Lo que puede ser
dejado sin referencia inmediata es el profundo odio que sentían por haber
pasado tantos años sin vecinos, sin distracciones, sin un bebé gateando entre
la cocina y la sala, sin más visitas que las del Señor, e incluso esos
poquísimos y breves, espacios por largos periodos de ausencia, diez, quince,
veinte, cincuenta años, imaginamos que poco habrá faltado para que los
solitarios ocupantes del paraíso terrestre se vieran a sí mismos como unos
pobres huérfanos abandonados en la floresta del universo, aunque no hubiesen
sido capaces de explicar que es huérfano o abandonado. Es verdad que interdiariamente
adán le decía a eva, Vamos a la cama, sin embargo la rutina conyugal, agravada,
en el caso de ellos dos, por la inexistente variedad de posturas por falta de
experiencia, que entonces se mostró tan destructiva como una invasión de
carcoma que llega a roer las vigas de la casa. Por fuera, salvo un poco de
polvo que se va escurriendo por aquí y allá en minúsculos orificios, o
atentando apenas visible, pero por dentro la procesión es otra, no tardará
mucho en que se caiga lo que tan firme parecía. En situaciones como ésta, hay
quien defienda que le nacimiento de un hijo puede tener efectos reanimadores,
sino del libido, que es obra de procesos químicos mucho más complejos que
aprender a cambiarse el uniforme, al menos de los sentimientos, lo que, se
reconoce no es una pequeña ganancia. Con respecto al señor y a sus visitas
esporádicas, la primera fue para ver si adán y eva habían tenido problemas con
la instalación doméstica, la segunda para saber si se habían beneficiado de la
experiencia de la vida campestre e la tercera para avisar que no esperaba
volver tan pronto, ya que tenía que hacer guardias por los otros paraísos existentes
en el espacio celestial. De hecho, solo
volvió a aparecer mucho después, en una fecha de la cual no hubo registro, para
expulsar a la infeliz pareja de Edén por el nefasto crimen de haberse comido el
fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal. Este episodio, que dio
origen a la primera definición de un hasta ese momento ignorado pecado
original, nunca fue bien explicado. En primer lugar, incluso la inteligencia
más rudimental no tendría ninguna dificultad en comprender que estar informado
siempre será preferible a desconocer, especialmente en materias tan delicadas
como son esas del bien y del mal, en las cuales cualquiera se arriesga, sin dar
por eso, una condena eterna a un infierno que aún estaba por inventarse. En
segundo lugar, gritar a los cielos la retrospectiva del Señor, que si realmente
no quería que se comiesen ese fruto, una solución fácil hubiese sido, bastaría
no haber plantado el árbol, o colocarlo en otro lado, o rodearlo con una cerca
de alambre de púas. Y, en tercer lugar, no fue porque hubiesen desobedecido la
orden de dios que adán y eva descubrieron que estaban desnudos. Desnuditos,
extremadamente en pelotas, ellos ya estaban así cuando se iban a la cama, e si
el señor nunca se había percatado en tan evidente falta de pudor, la culpa era
de su ceguera de progenitor, a tal, por lo visto incurable, que nos impide ver
que nuestros hijos, al final de cuentas, son tan bueno o tan malos como los
demás.
Cuestión de orden. Antes de proseguir con esta instructiva y
definitiva historia de Caín a que, con un atrevimiento nunca visto, metemos
hombros, talvez sea aconsejable, para que el lector no se confunda por segunda
vez con anacronismos pesados y medida, introducir algún criterio en la
cronología de los acontecimientos. Así haremos, pues, comenzando por aclarar
una duda maliciosa sobre Adán aunque sería competente para hacer un hijo a los
ciento treinta años. A primera vista, no, si nos quedamos apenas con los
índices de fertilidad de los tiempos modernos, pero esos ciento treinta año,
durante la infancia del mundo, pocos tendrían representado que una simple y
vigorosa adolescencia que hasta el más precoz de los casanovas desearían para
él. Además, conviene recordar que adán vivió hasta los novecientos treinta
años, faltándole poco, por lo tanto, para morir ahogado en el diluvio
universal, ya que adelgazó en días de vida de lamec, padre de noé, futuro
constructor del arca. Luego, tuvo suficiente tiempo para hacer hijos que hizo y
muchos más si se hubiese molestado. Como ya dijimos, el segundo, el que vino
después de Caín, fue Abel, un joven rubio, de buena figura, que, después de
haber sido objeto de las mejores pruebas de estima del señor, acabo de la peor
manera. Al tercero, como también fue dicho, lo llamaran set, sin embargo este
no entrará en la narrativa que vamos componiendo paso a paso con la
meticulosidad de historiados, por eso aquí lo dejamos, solo el nombre y nada
más. Hay quien afirma que fue en la cabeza de él que nació la idea de crear una
religión, pero esos asuntos delicados ya nos ocupamos en el pasado, con
ligereza recriminable según la opinión de expertos, y en términos que muy
probablemente solo nos perjudicaran en las alegaciones del juicio final cuando,
puede que por exceso puede que por defecto, todas las almas son condenadas.
Ahora solamente nos interesa la familia de la cual el papá adán es cabeza, y
que cabeza tan mala fue, pues no vemos como llamarla de otra manera…
Por Estefany Escalona

